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1 ENTRE MEDIOS:


DE LA RUINA DISTÓPICA A LA CIUDAD TECNOLÓGICA

Dionisio González

Si entendemos la mediología no ya como una arqueología de los media sino como una forma amplia de conocimiento que consiste en relacionar un fenómeno histórico con las mediaciones, instituciones y prácticas que lo han hecho posible, parece lícito establecer, en este artículo, un desarrollo crítico en torno a la ruina constructiva y el ascenso de la virtualidad en la ciudad digital. En suma, restablecer, el aprecio del tiempo, con el fin de comprometer la conquista obsesiva de los espacios. Conducta que se ha convertido en uno de los principales desafíos a los que se enfrenta la civilización.

No hay que olvidar como subraya Régis Debray que “el paso humano ha creado el territorio; el caballo, la nación; el coche, el continente; el avión, el planeta Tierra; la lanzadera espacial, el cosmos. Existe una construcción locomotriz del espacio efectivo; ya que lo extenso, como el tiempo, es una categoría técnica, y por lo tanto evolutiva” . Y si múltiples realidades han reabierto el territorio, no es menos cierto que, a lo largo de su perímetro, se han ido conformando diferentes tipologías de ruinas. Si la mundialización de los objetos ha creado, paradójicamente, una tribalización de los sujetos, esto se debe a un sentimiento retrogrado de autoctonía, de localización y semejanza; a medida que se construye, que se urbaniza, la ciudad contemporánea establece las bases para la diferencia y la partición en ghethos autoexcluyentes.

Nunca antes, la arquitectura había estado tan alejada, tan desocupada, de la socialización de los espacios. Esta forma de habitar se podría definir como arquitectura de la violencia y la seguridad. Estas nuevas estéticas de la seguridad, junto con la proyección de espacios fulgurantes de la cultura y el entretenimiento, están sembrando el territorio tecnológico y urbano de ruinas distópicas. Habría, en cierto modo, que recuperar la cacotopía, como definición del mal lugar, para establecer este espacio de ruinas furibundas. Mientras, la ciudad digital expande su movimiento como el sistema solar, de forma vorticial, hacia una economía de la cultura transnacional, sus construcciones en “apariencia” están somatizadas por una nueva topografía del terror, fundamentadas en ocupar todos los espacios huecos del mundo. No deberíamos olvidar, como señala Leonardo Lippolis, que “la ausencia de uso y actividad equivale a un sentido de libertad y esperanza, el vacío es también espacio de lo posible. Es la ausencia de un límite la que, en el vacío urbano, sugiere una esperanza de movilidad y nomadismo, de tiempo libre y libertad, allá donde lo lleno se organiza según las exigencias del funcionalismo” .


2 SOBRE LAS RUINAS CONTEMPORÁNEAS

Señala Andreas Huyssen que “la ruina del siglo XXI es detritus o restauración. En este último caso, la edad real ha sido eliminada por un lifting inverso: se trata de hacer que lo nuevo parezca viejo. Las modas de reproducción retro hacen que cada vez sea más difícil reconocer lo que es genuinamente viejo en una cultura de preservación y restauración”.

De este modo, se podría decir, parafraseando a Lyotard, que en el siglo XX tardío la arquitectura y la filosofía están en ruinas. Estamos tan acostumbrados a habitar ruinas, a medir nuestros esfuerzos como restauradores, que la vida se ha provisto de un pathos envolvente de nostalgia. Caos inmersivo, estupefactivo, que alienta el archivo, los grandes almacenes de conservación del pensamiento, las réplicas y todo aquello que se considere sustancial, inherente o constitutivo. Ahora que se agilizan las fuerzas de distracción hiperinformacionales, atravesadas por el turbocapitalismo, que perforan la ruina, la adecentan, y le confieren un uso estabilizador, fundamentalmente museístico; el presente, definitivamente, se confronta con el resto del tiempo. El presente articula el panorama, el retablo, la escena y el paisaje. No le es difícil dada su ofensiva y su miedo supersticioso y quimérico. Es una labor ingente reparar la ruina sobre la base de una añoranza infatigable al mismo tiempo que nuestra realidad, paradójicamente, planea y construye ruinas convocadas desde el concurso y los premios fulgurantes. Arquitecturas que no enaltecen al individuo ni a la vida procomún sino que aspiran al estímulo crítico. Si la filosofía y la arquitectura están en ruinas; el espacio, la extensión y la medida están amenazados de muerte. Prueba de ello es que nuestras nuevas catedrales son las terminales de nuestros aeropuertos, esta realidad define a la arquitectura como terminal.

Vivimos, por tanto, entre la ruina restaurada y la arquitectura terminal, un ejemplo de ello es el Instituto Scripps de Investigación que ha producido las primeras células madre de especies en peligro de extinción. Células que podrían potencialmente permitir mejorar la reproducción y la diversidad genética de algunas especies. No admitimos el proceso de la deterioración, la descomposición o la esfumación. Nuestra visión es por una parte espectral y por otra aparativa. Sostenemos el miedo a la pérdida desde arquitecturas aparativas y confinadas. ¿Cómo si no se podría entender un artefacto liminal como el búnker inaugurado en febrero de 2008 en Noruega: la llamada Bóveda Global de semillas de Svalbard? Una reserva de semillas garante de la restauración de las especies mermadas o extinguidas en caso de un gran desastre mundial.

Parece que la catástrofe movediza, el advenimiento del desastre natural, la descalificación de los terrenos, y el descombre provocado por el transcurso del tiempo, no son únicamente los motivos de la ruina. Si finalmente nos encontramos ante una arquitectura en ruinas, no es necesariamente por la cascotería, el ripio o el residuo. Nuestra sociedad ha generado otra escombrera; un cascajal de materiales nobles y significados superfluos. Una arquitectura trivializada, reproductiva y espectacularizada, argumentada por megafirmas y macrocompañías que radicalizan el espacio desde un entendimiento perverso del habitar. Es la arquitectura como accidente y explotación, como icono trascendentalizado pese a que no trascienda más allá de la ocupación de su espacio y sí, fundamentalmente, del espacio publicitario.

Como subraya Lewis Mumford “tendemos a confrontar la utopía con el mundo, cuando, de hecho, son las utopías las que nos hacen el mundo tolerable: las ciudades y mansiones con las que sueña la gente son aquellas que finalmente habita. Cuanto más reacciona el hombre ante el ambiente y lo reconfigura conforme a un patrón humano, más claramente demuestra que sigue viviendo en la utopía”.

Hemos perdido ese patrón humano en aras de una radicalización de las formas escultóricas que prefigura la ruina distópica. Una ideografía megalómana que se inserta en las ciudades ajena a la calidad del aire, la educación, la accesibilidad del peatón ya transferido al lugar de los automotores. Hemos perdido la facultad de crear ciudades donde sucedan actividades no indispensables. Por el contrario, hemos posibilitado espacios privados que no nos pertenecen e instituciones públicas que nos retransmiten veladamente con videocámaras. En definitiva, hemos construido una red de plazas fuertes. Una arquitectura disuasora a pesar de sus reclamos mediáticos. Esta multiplicación de la ruina-membrana, fundamentada en argumentos netamente económicos y no en consideraciones morales, genera una ruina eufórica cuyo suplemento es el embalaje, el envolvimiento. Ruinas de cubrimiento, recreativas, afectadas que en su fascinación pretextan la ficción y la irrealidad de un vórtice terminal y perverso, por cuanto se desvinculan del individuo para asignarse el valor de la hipervisualidad. En expresión de Lucian Hölscher serían esfuerzos por dar concreción y anticipar intelectualmente la sociedad del futuro. Es decir, esfuerzos que presentan una estética y una apariencia, que de antemano, los significan como futuro, con la salvedad que las formas y los materiales, en sí mismos, y sin mayor carga crítica no generan perdurabilidad social y sí ruinas simbólicas. Como dice Byung-Chul Han, “la operación belleza persigue el fin de maximizar el valor de exposición. Los modelos actuales no transmiten ningún valor interior, sino tan solo medidas exteriores, a las que se intenta corresponder incluso con el uso de medios violentos. El imperativo de exposición conduce a una absolutización de lo visible y exterior. Lo invisible no existe, porque no engendra ningún valor de exposición, ninguna atención”. Parece claro que las formas de modelar el entorno asumen esta deseabilidad de presencia, para ello todo concepto es sometido a la sobrexposición que ocupa un tiempo instantáneo de percepción y por defecto anula el tiempo extensivo, es decir, el tiempo de la historia.


3 PROYECTANDO PROYECTILES

Reflexionaba Rudy Kousbroek en relación a la arquitectura monumental de la derribada estación de Euston en Londres en estos términos:“Lo masivo, lo colosal, lo aplastante provoca un efecto determinado: es como si se tragara al observador, como si este se volviera una parte de aquello; creo que en definitiva se trata de la sensación de poder entrar” . Ciertamente, el observador camina entre las terminales de las estaciones y aeropuertos con la impresión de desahogo, sin fragura ni espesura, entre cubiertas excepcionales como si ya hubiera emprendido el vuelo o la partida. No se trata, por tanto, de la sensación de poder entrar sino de la sensación de no poder salir. No poder salir porque la mente se difumina ante el espacio abierto y se libera del vericueto, del intersticio, pero, fundamentalmente, de lo desigual y lo accidentado. No poder salir porque la arquitectura de las terminales actúa reglamentada y normativa, elude el accidente, es estacionaria, terminal y, por encima de todo, inicial. Es la inauguradora del tránsito que, entre tanto, te relaja con su oferta recreativa, comercial y distorsionada, fulgurando la luz publicitaria y señalética sobre las modernas luminarias y los amplios ventanales corridos. Es un integumento que sella la membrana simbólica y propaga la luz ante la mediación del transporte. Transporte desvanecedor que te traslada desde la velocidad, de nuevo, a otra arquitectura proyectil. Si Kousbroek anuncia que estos y aquellos espacios colosales deben su embrujo a su tamaño, también sabe que esa mirada trasoñada, pertenece al observador que ya sabe que contempla la ruina. La ruina obscena de la hipervisibilidad a la que, como señala nuevamente Byung-Chul Han, le falta toda negatividad de lo oculto, lo inaccesible y lo misterioso.

Hay irrevocablemente una declividad en lo exagerado, en aquello que dada su prominencia tiene una enorme fuerza de arrastre pues sólo puede ya aspirar a su descensión, su decremento. Esta es la decadencia, o el decaimiento de terminales como la del aeropuerto Charles De Gaulle en París o la de John F. Kennedy en Nueva York. Todo lo que basa su éxito en la escala es una promesa de ruina. Como lo serán el aeropuerto Internacional de Beijing, el aeropuerto internacional de Incheon de Seúl, el aeropuerto Changi de Singapur e incluso la aún no construida terminal aérea para 150 millones de pasajeros al año en el norte de Estambul. Escribe Lucian Hölscher que aquello que ya en el presente aparecía como futuro pone también de manera implícita un sello sobre lo que era solo presente y lo señalaba como algo que pronto sería pasado .

La ciudad de la cultura que Eisenman proyectó para el monte Gaiás, en las inmediaciones de Santiago de Compostela, paralizada definitivamente a finales de marzo de 2013, no es sino otra inmensa ruina provocada por la desmesura y el gigantismo. En expresión de Hölscher “si el futuro no trae sino aquello que la sociedad, so pena de su ruina, se ve obligada a hacer, pierde su función claramente constitutiva para el surgimiento de este concepto: la de abrir un nuevo espacio para la formación de lo nuevo y lo sorprendente” . Lo nuevo y lo sorprendente se entrecruzan, en este caso, con los valores asignados al concurso: reconciliar el patrimonio con el conocimiento, investigación, creación y consumo cultural. Hoy este inmenso releje pétreo como un yacimiento arqueológico sobre el monte, no es sino la redundancia de un modo de edificar ostentoso, ficcional e imprudente. Una acrópolis de 148.000 metros cuadrados sin aforar. La arquitectura sin sujeto, es ficción, ni es posesionada ni posesiona. Es equivalente a un emplazamiento mortuorio, paradójicamente, construido desde la bufonada, la incoherencia y el deseo de trascendencia. Es un proyecto arrojadizo, por tanto, proyectil que, definitivamente, conforma el monumento a la evasividad.

Todo este proceso de dejación y de arquitectura de dictamen recuerda, cuando la guerra era total o no era, a las arquitecturas de contraescarpa y buzamiento como los silos misilísticos destinados a ser almacén, plataforma y lanzadera de misiles durante la Guerra Fría. Arquitecturas del talud que abandonadas y arruinadas durante más de medio siglo encuentran ahora, en arquitectos como Alexander Michael, rehabilitadores de hogares para la vida a 10 metros bajo tierra. La vida se sirve de almacenes para la destrucción para desagraviar el efecto del siniestro desde el fetichismo de la mercancía, porque, en palabras de Déotte, “la ciencia deberá restablecer las cosas, invertir la inversión ideológica (…) Con la arquitectura el aparato de la trama regular de los materiales se conjuga siempre con la ostentación (aparat)”.

De hecho, estas lanzaderas están significadas por la anorexia y la yactura dada su, ahora, incapacidad de destrucción arrojadiza, que resuelve la arquitectura y su aparato inoperantes. También porque su envoltura debía ser parte del secreto y la clausura. Es decir, son ruinas estáticas por su desajustada operatividad proyectil y extáticas por contemplación, teniendo en cuenta su fascinante, y ya arruinada, proyectura. Hoy, sin embargo, la ruina opera por destrucción dinámica; o sea, aquella que se puede teleadministrar. De tal forma que la ruina contemporánea ocupa todos los ámbitos incluidos los de la memoria y el psicoanálisis; pues, como indica Baudrillard, a la catástrofe de lo real preferimos el exilio de lo virtual. La arquitectura se desestructura, se arruina en la medida que las sociedades que la sostienen son políticamente inestables y sus comunidades se desencuadran desde la movilización y el exilio. Las ciudades arruinadas son aquellas que, tras una economía menoscabada por una desindustrialización, se conforman en ciudades abandonadas o espectrales donde crece el enervamiento y la criminalidad, este es el caso de la ciudad de Detroit. Pero también son aquellos urbicidios de gobiernos corruptos que desfallecen entre conflictos inacabables. Esta es una esfera de dinamización iconofóbica de la ruina que afecta también a la destrucción de obras de arte como las dos estatuas gigantes de Buda en el valle afgano de Bamiyán u otras muestras de vandalismo administrativo que tienen que ver con la expresión fenoménica de la estatuaria y los monumentos comunistas.

Son variadas las formas de destrucción y variadas las presencias de la ruina pero finalmente obedecen a la corriente contemporánea que las introduce en un discurso más amplio que incorpora a la memoria, la guerra, el trauma y el genocidio. Parece claro que esta época alberga ruinas que en ocasiones no se han podido superar, tampoco ocupar y aún menos habitar. Si determinamos que la ruina invoca un perfil más amplio que el derrumbe constructivo, estaremos en posición de poseer los espacios, de convocar los territorios y de civilizar nuestros actos proyectiles.

No hay que olvidar, por poner un ejemplo de arquitectura de la conservación, que mientras se construyen bibliotecas y se alimenta la restauración, la digitalización de los libros y la archivología, sólo el siglo XX y el inicio del XXI se extienden por: La Guerra Civil en España y la quema de libros, por el bibliocausto nazi, por las bibliotecas bombardeadas durante la segunda Guerra Mundial, por el Mac Carthismo y la censura de libros en Estados Unidos, por los escritores perseguidos, el fundamentalismo y Salman Rusdie, por los grandes incendios de las bibliotecas de los Ángeles y Leningrado, por la revolución cultural china y la dictadura Argentina, por Cuba y el doble discurso, por Palestina en ruinas, por el librigidio serbio y Chechenia sin libros, por el terrorismo contra las bibliotecas, por el ataque al World Trade Center, por el caso de los libros bomba y por la aniquilación de libros electrónicos.


4 LA CIUDAD DIGITAL: EUTOPÍA O DISPERSIÓN

Requeriría una tesis completa elaborar una historia de las mutaciones de la ciudad en nuestra historia más reciente hasta su conversión en ciudad digital. En cierta forma, la ciudad, tal y como la entendían Aristóteles o Platón o mucho más tarde Lewis Munford o Jane Jacobs , ha muerto. Como han muerto la mala y la buena ciudad definidas por Patrick Geddes como la cacotopía y la eutopía que son explicadas mediante conceptos termodinámicos: Mientras la cacotopía disipa energía para la obtención de beneficios monetarios individuales, la eutopía conserva la energía para organizar el entorno y así permitir una adecuada evolución de la vida colectiva e individual.

Massimo Cacciari nos indica que ahora la ciudad se encuentra en todas partes, luego no habitamos ciudades sino territorios. Es decir, la escala espacial y su malla funcional se ven desplazadas por una categorización puramente temporal. William J. Mitchell va más lejos al argumentar que en nuestras ciudades electrónicas e interconectadas los nuevos conductos y suministros establecen una nueva infraestructura urbana que cambiará el aspecto de nuestras ciudades radicalmente tal y como lo hicieron en el pasado el ferrocarril, las autopistas, el suministro de energía eléctrica y las redes telefónicas.
Sin duda, nos dirigimos a un punto en el que, superando el vaticinio de Marshall Mac Luhan cuando nos indicaba que la ciudad ha muerto salvo como espejismo turístico, la nueva ciudad virtual sepa encontrar redes y conexidades con la ciudad física, con los emplazamientos públicos y acceda a lo que Gadamer expresaba como entendimiento común y fusión de horizontes. En suma, la compartición de la experiencia y la mixofilia o deseo de asimilación del otro, del diferente a través de la relación en el espacio.

Buckminster Fuller nos hablaba de la efemaralización como un concepto que incide en la tendencia de la tecnología a hacer más con menos o hacer lo máximo con lo mínimo, entendiendo que la efemeralización es una tendencia inevitable del cambio tecnológico en las sociedades. La nueva Babilonia, la ciudad nómada de Constant, el urbanismo móvil de Yona Friedman y Archigram o el monumento continuo de Super Studio, fueron proyectos utópicos que aspiraban a una sociedad nómada y lúdica, donde la arquitectura estaba fundamentalmente sobrepuesta sobre pilares en alza. Esta arquitectura en altura de carácter horizontal y expansionista -a la manera del proyecto, no construido, Wolkenbügel 1924-1925 de El Lissitzky sobre la Plaza Nikitskii de Moscú, donde las nubes metálicas dominarían el cielo sobre un andamiaje hasta una altura de quince pisos- pretendía la automatización del trabajo y la extensión de redes a una escala planetaria. De esta manera, los habitantes de dichas estructuras habitacionales estarían en permanente desplazamiento. El caminar como hábito de emprendimiento y creación.

Certeau reflexionaba sobre el caminar como un acto enunciativo. Pero mucho antes Thoreau y Robert Louis Stevenson establecieron el andar como práctica estética, como también lo hicieran: el concepto de flaneur de Benjamin, el de deambulación de los surrealistas, el concepto de deriva psicogeográfica de los situacionistas, con Debord a la cabeza, y su introducción de una crítica de la geografía urbana, y la transformación de la corteza terrestre de los landartistas mediante el errabundeo (Carl Andre, Hamish Fulton). No olvidemos que Carl André estableció que la escultura ideal es una calle. También entrarían en esta listalas experiencias de Tony Smith y la autopista como obra de arte. Autopistas que finalmente se corresponden con las infopistas que permiten acceder al ciberespacio, término establecido por el novelista de cien¬cia ficción William Gibson en 1984. El ciberespacio como universo virtual, formado por datos numéricos transportados por la red, es, por tanto, un establecimiento intangible que carece de extensión y de ubicación física.

Lo cierto es que el término de deriva que La Internacional Situacionista estableció a mediados de los años cincuenta - es decir, la deambulación por la ciudad sin una finalidad concreta dejándose atrapar por las experiencias tanto psíquicas, sensorias e intelectivas de lo inmediato, lo mediado o encontrado- tiene mucho que ver con nuestras experiencias en la red. Con nuestras búsquedas en los diferentes servidores que nos van introduciendo mediante un sistema de enlaces en una experiencia difluente y no lineal. Con el sentido más positivo de pérdida de orientación en un espacio que podría definirse como megamedio.

Nuestra sociedad ha creado nuevas generaciones cinéticas, individuos que se desplazan desde la aceleración y cuyas narrativas son asimiladas y elaboradas desde la pantallización en términos absolutos. Puesto que la velocidad de las transmisiones es total podría haber una alteración del orden cronológico de los sucesos en el relato, en definitiva, una anacronía. Un desfase en el entendimiento que desplazase el movimiento hacia delante o hacia atrás generando un lapso, un intervalo entre dos realidades e incluso una prolepsis, es decir, una anticipación con respecto al presente de la historia. Estamos, sin duda, ante un momento único donde estos recursos expresivos podrían dejar de ser re/cursos para segmentar el propio curso real de los acontecimientos.

Parece que nuestras ciudades caminan ciegas hacia la producción de imágenes, preocupadas de su almacenamiento y recuperación, “ocupadas” por un autoritarismo integrista larvado por la anarquía visual. La sociedad opera desde el selfie (esa necesidad imperiosa de datar la autofoto, el autorretrato retuiteado o compartido a través de la plataforma de Twitter y las mediaciones más abruptas) entregada a las imágenes tecnográficas que invaden entonces la signópolis, que combinan la lucha contra la imaginería spam y el media-activismo, con el muro de imágenes y el tiempo visual. Es esta necesidad de almacenamiento, de ampliación de memoria para la base de datos, la que nos hará entrar en lo que Regis Debray define como una ecología cognitiva. De esta forma, entre prácticas de exposición de los sujetos, de participación lúdica:”lo importante ya no es lo ideológico o la posición en la escala social, sino lo reactivo, lo apreciativo y la estética, que aparecen como polos privilegiados de la expresión de la identidad hiperindividualista” .El estilo es un imperativo. Estamos dominados por un ejercicio transnacional de banalización estética, de yacimientos excesivos; es la retoricidad de la antífrasis. La vida está finalmente novelada por los estetas del transformismo. De tal modo, que el sujeto (nauta) naufrago de la compulsión comunicativa busca la gratificación y la aprobación irrefragables como modelos de situación, no de estación, desde la movilidad imaginal de su yo trivializado y expuesto.
Ante esta evaporización de lo real es lógico que se genere la “computación en la nube” o “servicios en la nube”. Nuestras circunstancias, lo circunstante del yo, y nuestra identidad se mueven en una nube de conceptos que alojan nuestras conexidades y nuestro patrimonio en la red. Un paradigma en el que la información se almacena de manera permanente en servidores de Internet y se envía a cachés temporales de clientes. Esta tendencia tecnológica, basada en la escalabilidad y la elasticidad, nos infiere como sujetos elásticos e intangibles. Salvar los phainomena, o sea, salvar las apariencias, es la frase que Derrida atribuye a Aristóteles, pero ¿cómo salvar el pensamiento en el arte, ante el traslado de la rentabilidad de la industria de la mirada si todo es apariencia?

Para Kenneth Goldmisth, fundador de la biblioteca online de arte experimental más extensa jamás creada (Ubuweb), y preocupado de la gestión del lenguaje en la era digital, nuestra sociedad no necesariamente es una oligarquía imagística, donde el dominio de la imagen somete y subordina toda posibilidad de lenguaje escrito. Por el contrario, opina que nunca antes se había leído, escrito y texteado de una forma tan culminante. De tal forma, en la sumidad de este descifre escriturario, se podría polemizar que vivimos impresionados y seducidos por el lenguaje como nunca lo habíamos hecho anteriormente.

Lenguaje (disposición de textos sin precedentes) que es aceptado por internet, dada su vocación democrática de receptor, de tiradero, de “relleno sanitario” de información desjerarquizada. Umberto Eco, sin embargo, ante esta sobreoferta, subraya que tener mil libros sobre un tema es como no tener ninguno. Expresión que más adelante completa diciendo que internet es una gran biblioteca desordenada, asumiendo que democracia informativa no es necesariamente estabilidad ni calidad informativas.

El día electrónico, la capitulación y entrega absolutos ante la subyugación de la pantalla, ha generado alteraciones y nuevos lenguajes. Ha creado sociolectos y jergas juveniles comprimidas. Estas neografías son detectadas por Roman Gubern como:
“Grafías fonéticas: qu = K. Esqueletos consonánticos: saludos= sldos; besos = bs. Jeroglíficos: números por letras, como todos = t2. Truncación: español= esp; catalán = cat. Siglas (para locuciones): a tu disposición= atd. Logogramas: además = ad+; por = X. Estiramientos gráficos: adiós 0 adiósss; vale = valeee. Aglutinación de palabras: te espero = tespero; este verano = stvrno. Distorsiones de énfasis, cadencia, tono y volumen: Grrr, Sííí; NOME HABLES; Qué???. Alteraciones de texto con fines expresivos: combinaciones tipográficas, uso del color, de negritas”.

Por supuesto, a estas formas económicas de escribir, se les añaden los emoticonos (emotions + icons) una deriva de los antiguos pictogramas. Sin ir más lejos, Kim Kardashian ha decidido diversificar su negocio y lanzar su propia línea de emoticonos: Kimoji para el 2016. Cualquiera puede descargarse los Kimoji de la empresaria y modelo y emplearlos en sus dispositivos móviles. Unos iconos que relatan la vida de Kim Kardashian, ya mediáticamente sobreexpuesta en las diferentes redes sociales(55 millones de seguidores en Instagram y teleadministrada en un reality con su familia), sin necesidad de palabras. Finalmente, estos “pictogramas pop” nos reseñan cómo el lenguaje puede ser reducido al espesor de unas nalgas XXL, una peineta rebelde o un selfie narcisista. La voluntad del lenguaje puede ser administrada desde aplicaciones de mercado, donde su significación es equivalente al volumen de un culo que nos sitúa en una nueva versión de las venus calipigias.

Lo cierto es que donde algunos ven graforrea social y decremento del lenguaje y la calidad de los textos (banalidad redaccional) otros, como Goldmisth, encuentran una nueva oportunidad para el détournement situacionista y las estrategias metapublicitarias del pop de artistas como Andy Warholl o Jeff Koons. No hace falta explicar la ilación de estas formas con las pinturas supervacáneas y redundantes de Takashi Murakami. No olvidemos, tampoco, que el détournement incide sobre la alternativa artística y política de asimilar un concepto u objeto creados por el capitalismo o cualquier sistema político hegemónico y distorsionar sus significados, utilidades y empleos originales para provocar diferentes efectos críticos. Se conoce que Michel Houellebecq ,en su novela El mapa y el territorio, reprodujo extractos de Wikipedia, la enciclopedia en línea, sin citar la fuente, incidiendo en la polémica sobre la apropiación de textos como recurso literario. También se sabe que la poesía concreta – que exigía eliminar la simbolicidad arcaica y configurar el poema como un objeto propio que el lector debía percibir como una comunicación de su estructura-ha contextualizado el discurso de Internet, pero igualmente, la poesía concreta ha florecido en este medio, como señala Kenneth Goldmisth: “Los poemas concretos con medio siglo de antigüedad se ven sorprendentemente frescos, brillantes y contemporáneos. Y añade, recordamos poemas concretos cuando vemos palabras pasar volando por la pantalla en las páginas de inicio de sitios web, o en publicidades de automóviles en la televisión, donde el movimiento de las palabras remite a la velocidad del vehículo, o bien en los créditos de apertura de las películas donde hay palabras inquietas que explotan y se disuelven”.

Al fin y al cabo, estas experiencias no son sino nuevos modelos de producción estética inebriadas por el desarrollo actual de la cultura. Y la cultura, en este caso digital, en tantas ocasiones se manifiesta tropológica, haciendo un empleo de las palabras, y también de los conceptos, con un sentido distinto del que propiamente le corresponde. De estas experiencias cabe interpretar que nuestra cultura como nuestra sociedad es reactiva y está instalada en el desplazamiento.

En el año 2010, de los 1966 millones de internautas conectados, el 63% se encontraba en los países opulentos, donde reside el 15% de la población mundial. Mientras que Europa y Estados Unidos suman 501 millones de usuarios, en todo el continente africano (precarizado) la cifra decae a 110 millones. Estas desigualdades se dan, igualmente, entre hombres y mujeres, ciudad y campo, franja etaria y rol social. Por tanto, teniendo en cuenta la brecha digital, quizá sea perverso e inapropiado afirmar que Internet es una red global (como usualmente es definida).Esta analfabetización digital de determinados sectores sociales, países y continentes en vías de desarrollo, es diagnosticada, quizá acertadamente en Hispanoamérica, como pobreza digital; lo que nos obliga a hablar de países y de ciudadanos preinformáticos y de países y ciudadanos informatizados.


Jacques Attali en su, Breve historia del futuro, se aventura a pronosticar que en 2020 “movimientos masivos irán del África central hacia el África austral o hacia el norte de África; de Indonesia hacia Malasia, de Malasia hacia Tailandia; de Bangladesh hacia los países del Golfo; de Irak hacia Turquía; de Guatemala hacia México. Para muchos inmigrantes, esos desplazamientos no serán más que una manera de acercarse a los países del norte. Masas cada vez más numerosas se precipitarán a las puertas de Occidente (…) En resumidas cuentas, el autor concluye, dentro de un cuarto de siglo, cada año se exiliaran alrededor de 50 millones de personas. Casi 1000 millones de individuos vivirán fuera de su país natal o del de sus progenitores”.

Estas conjeturas razonadas de Attali implicarían estrategias urbanísticas radicalmente diferentes donde abandonando lo que Bauman define como mixofobia, que no es sino el miedo o el rechazo al otro o a la diferencia, las municipalidades, que se vienen enfrentando desde dispositivos locales a problemáticas globales, deberían conformar la creación de numerosos espacios públicos, abiertos y hospitalarios. La ciudad deberá, entonces, adaptarse a la modificabilidad de sus espacios desde el concepto primario de que la autorrealización del sujeto se compromete ahora con la responsabilidad por el planeta, es decir, se trata de una responsabilidad mundializadora. Esta autorrealización debe partir de la base de la afirmación del otro e, incluida en ella, también de la naturaleza. No podemos asegurar nuestra vida destruyendo la vida del otro, ni podemos concebir la experiencia compartida, sin antes compartir el espacio.

Hoy la sociedad planetaria está convulsa ante uno de los mayores éxodos de la historia reciente; la Guerra Civil Siria causa más desplazados que cualquier otro conflicto en el mundo y todos los días 6000 sirios huyen de su país a causa de la guerra. Parece que, en estos momentos, más que nunca tenga sentido el nomadismo situacionista y la Nueva Babilonia de Constant, un espacio para una deriva permanente, donde la ciudad y el traslado se traducen como una única red laberíntica a escala planetaria, sobre la base de una ciudad hipertecnológica y multiétnica.

Ciudad por tanto inescindible, donde se puede disidir, discordar o divergir pero no separar o desvincular. Toda ella es un conjunto de sectores imbricados en una secuencia continua de ciudades heterogéneas. Megaciudad suspendida en el aire por medio de pilotes estructurales que va ocupando horizontalmente territorios tan complejos y transversales como irradiadores e inmensos. Ciudad que no se puede detener dada la redondez del propio planeta, donde han dejado de existir las economías nacionales y donde la automatización de todas las tareas útiles y repetitivas libera una creatividad transformadora. De esta manera, dicha libertad genera una amplia red de servicios colectivos apoyada por el desarrollo del espíritu de iniciativa de cada individuo.

Esta amplitud y continuidad del espacio social de la red sectorial ideada por Constant, parece un símil del levigado mundo de internet y sus promesas formidables de revolución social a partir de la digitalidad. El problema es que como señala Robert W. Mc Chesney el capitalismo puede estar poniendo a Internet en contra de la democracia, dado que siempre que ha habido un sistema potencial de rentabilidad corporativa, las fuerzas del capital lo han sometido a su interés. “Lo que parecía ser una esfera pública cada vez más abierta, separada del mundo del intercambio de mercancías, parece estar transformándose en una esfera privada de mercados cada vez más cerrados, propietarios e incluso monopolísticos”. Si, además de los intereses en la esfera privada, unimos la fatal existencia de cárceles, represión y propaganda de Estado e ideologías políticas en internet, en casos, promovidos descarnadamente por gobiernos de países entre los que se encuentran: Corea del Norte, China, Siria, Turquía, Vietnam y Eritrea, u observamos cómo los países occidentales están modificando sus leyes para permitir la monitorización de Internet y el acceso a los datos sin autorización judicial; nos aterrorizamos pensando que la falta de transparencia impide saber a ciencia cierta cuantos Estados espían las redes y en qué medida lo hacen, como ha ocurrido con el programa Prism en Estados Unidos.

Si, finalmente, la red es infidente, no es el descampado, el espacio abierto y democrático que preveíamos, tampoco hay que olvidar que a su amparo han surgido: El movimiento Occupy Wall Street, la primavera Árabe o los indignados de España. La rapidez del medio, en ocasiones, impide que el órgano censor evite las descargas de archivos y contenidos liberadores, el estado ciberpolicial como órgano represor es una realidad que se da en todo atravesamiento. En toda impulsión de un sistema se encuentra, ineludiblemente, un deseo de cercamiento, de ceñimiento y de redargución. Redargüir es convertir un argumento en contra de quién lo genera. Lo cierto es que si, definitivamente, hemos asumido que existe una institucionalización de la vigilancia, nuestro deber es disentir, desurdir y revelar la apuración, la dialéctica inficionada y propagandística y el fisgoneo, exigiendo leyes a nuestros gobiernos que supriman los servicios de inteligencia que controlan y reprimen al que muestra curiosidad, oposición o diside.



5 HACIA UNA CIUDAD S.O.S. TENIBLE

La utopía no se encuentra necesariamente en el cuadrante de lo imposible, los criterios de concertación y plausibilidad ayudan a delimitar y concluir la utopía, así como a definir hasta qué punto es realizable y a diferenciarla de lo netamente imaginario o de lo completamente imposible. El origen del concepto utópico se encuentra en los mitos de creación y nuestra sociedad vive obsesionada por los mitos de velocidad. Todos conocemos como las grandes ideas compromisorias que finalmente acabaron siendo impositivas, como: las potencias coloniales de la segunda mitad del siglo XIX, las experiencias totalitarias como el bolchevismo y los mitos de raza y eugenésicos, el comunismo que alentaba el buen salvaje dentro de la barbarie de los jemeres rojos y el espectro de la catástrofe medioambiental, entre otras; terminaron por alimentar las distopías, las utopías negativas o las contrautopías.
Es posible establecer espacios utópicos sin reinventar una sociedad completa reelaborada como utopía; lo que es necesario es que aquella perfectibilidad que se persiga se asemeje lo suficiente a la conducta humana “real” para que siga pareciendo plausible.

Cuando la utopía aspira a una suerte de aseidad; es decir, que toma como atributo el existir por necesidad de su naturaleza, deviene intolerante y forzada. Es en ese momento cuando aspira a la salvación y no a la mejora. Por ejemplo, el Proyecto Venus, que Jacque Fresco ha diseñado y construido en Venus Florida, es un complejo de investigación de 25 acres que intenta buscar enfoques y soluciones a partir de una estructura de ciudades sostenibles armonizadas por la eficiencia energética, las granjas colectivas, la administración de recursos naturales y la automatización avanzada.

Este diseñador industrial e ingeniero social considera que se debe reemplazar el actual sistema monetario por una economía de recursos que abastecerían abundantemente, mediante el empleo de energías geotérmicas y tecnologías magnéticas, a la población mundial sin la necesidad del intercambio monetario ni el trueque. Únicamente basado en la idea de que los bienes y servicios están al alcance de todos porque el planeta es abundante en recursos. Esto dotaría a los individuos de la equidad largamente soñada complementada por un alto nivel de vida estándar y un alto, también, espectro neotecnológico a su servicio. Según Fresco esto acortaría el día laboral sustituido por un empleo eficiente y sistémico de la técnica y la ciencia. Señala -convencido de que el ciudadano desconoce las posibilidades tanto potenciales como reales de la ciencia y que no alcanza a comprender que los comportamientos más mezquinos como la rabia, la envidia, la especulación, el racismo o el sentimiento de patria son subproductos de nuestra cultura- que, de esta manera, la sociedad sería espectralmente diferente, sin delincuencia, criminalidad e intolerancia; pues estos son patrones de comportamiento adquiridos, aprendidos, son prejuicios y retóricas comportamentales. En suma, derivadas de un modelo de comercio anticuado que precisa mantener la ventaja desde la competitividad económica o, en su lugar, desde la intervención militar. Con esta regeneración o, mejor dicho, con esta dinámica de remplazo los añadidos o aditicios medioambientales y sociales como la toxicidad, la accidentalidad y la criminalidad desaparecerían o se mitigarían casi por completo.

Sin duda, en el proyecto de Jacque Fresco el concepto de salvación se superpone al de mejora y con ello de forma involuntaria pero reiterada, esa voluntad salvífica transformará la utopía en distopía. En definitiva, a pesar de muchas propuestas interesantes, el Proyecto Venus parte de un conflicto de génesis que lo sintetiza distópico. Como señalábamos antes cualquier proyecto utópico debe asemejarse lo suficiente a la conducta humana real para que siga pareciendo verosímil. Cuando no es así el proyecto de forma inercial recurre a fórmulas totalitarias para controlar la diferencia, para preservar o imponer lo previsto o para desterrar lo imprevisto.

En este sentido, muy diferente a experiencias anteriores parece la iniciativa (Masdar) del más extenso de los Emiratos Árabes, Abu Dhabi, uno de los mayores productores de petróleo del mundo, que invertirá 20.000 millones de dólares en la primera fase de un proyecto a gran escala para desarrollar energía verde y construir la más titánica planta eléctrica de hidrógeno hasta ahora planificada. En este escenario se construirá la primera ciudad sostenible del mundo diseñada, ideada y conceptuada por Norman Foster y su equipo. La ciudad Masdar será la primera ciudad libre de carbono y de residuos y podrá albergar a 100.000 personas de las cuales ninguna vivirá a más de 200 metros del transporte público, que estará provisto por una flota de vehículos futuristas con cabida para cuatro personas. Vehículos eléctricos, sin conductor ni cuadro de control, dirigidos por inteligencia digital, guiados con sensores camuflados en el hormigón y manejados por ordenadores centrales a partir del recuento de las revoluciones de las ruedas. El lugar producirá toda su energía a partir del sol. El agua será suministrada por una planta desalinizante de agua de mar que igualmente se gestionará con energía solar. Sus edificios se compondrán con la destinación de crear un microclima y su morfología y distribución serán los de una “kashba”.

Este proyecto, que en sí mismo encierra unas enormes y novedosas exigencias técnicas, puede llegar a ser un laboratorio, un comunicador, un interpelante a nuestras exigencias urbanas futuras. Curiosamente, sin ningún tipo de predicación ni auguración. Busca la mejora y no la salvación, en este sentido estaría vinculado al utopismo pero Gregory Cleys dice de la utopía que su anticipación no se basa en premisas realistas pues su capacidad de visión las excede fácilmente, cosa que no sucede en este proyecto planificado con precisión y con fecha de finalización 2023. La única contradicción posible respondería a la propia naturaleza medioambiental del país gestor que es uno de los mayores emisores de bióxido de carbono per cápita del planeta. Pero hay una gran expectación entre expertos medioambientales y urbanistas ante el desarrollo y posible éxito de este desafío.

Todo esto será viable si se pueden introducir mecanismos de aprendizaje automático en espacios y aparatos inteligentes, como en la Casa Adaptable que, el profesor del departamento de ciencias de la computación y del instituto de ciencia cognitiva de la universidad de Colorado, Michael Mozer ha readaptado a partir de una vieja escuela en Boulder, Colorado, donde una red neuronal rastrea el movimiento y comportamiento de los ocupantes mediante técnicas de predicción, deduciendo formas y normotipos de actuación que equilibren el confort y el ahorro energético. Si las conexiones de larga distancia entre ciudades se establecen al conectar enormes centrales de conmutación mediante cableado de fibra óptica y estas se completan a partir de estaciones terrestres como enlaces satelitales, el reintegro no será sólo la información sino el acceso al desarrollo y, para algunos, el fin del aislamiento rural.

Pero lo cierto es que parece complejo evitar que las zonas marginales estén desconectadas y la llamada arquitectura de la pobreza no se puede instituir en un acto instantáneo, sino en un largo proceso de planificación, participación, y evaluación en el cual juega un papel protagónico el usuario. Ante la falta de recursos, la única opción es construir viviendas con el presupuesto de la pobreza pero son pocos los arquitectos que han decidido emprender este camino. La formación convencional en las escuelas de arquitectura no proporciona ni instrumentos ni conceptos para formar profesionales capaces de afrontar los problemas habitativos de los sectores retenidos en la precarización y la marginalidad, ni de comprender que el ambiente modifica al ser humano. Entre otras cosas porque el propio arquitecto debe buscar los problemas fuera de la arquitectura. Hay que encontrar un camino a través de las preguntas al ministerio de vivienda, a las comunidades locales y tener una justa medida de las restricciones existentes. Después, sólo queda emprender, empatizar y crear. Y de nuevo, empatizar, que no es otra cosa que buscar respuestas y quizá, así persuadidos e integrados, podamos aparcar esta visión apocalíptica porque, en expresión de Paul Virilio, el afuera comienza aquí.

William j. Mitchell, nos indica que la evolución modificará los materiales de construcción, el hormigón y el acero seguirán vigentes pero se les unirán el silicio y los programas. Para Mitchell, “los edificios del futuro inmediato funcionarán cada vez más como enormes ordenadores con multitud de procesadores, memoria distribuida, numerosos mecanismos de control y conexiones de red para unirlo todo. Extraerán información continuamente de su interior y de sus alrededores y formarán y mantendrán complejos esquemas de información dinámica, que será suministrada a través de diminutos dispositivos llevados por los ocupantes, de pantallas y altavoces situados en muros y techos y de proyecciones sobre las superficies de cerramiento(...) El sistema operativo de la vivienda será tan esencial como el tejado, y desde luego mucho más importante que el sistema operativo del ordenador”.

No sabemos si esta nueva ciudad digital será finalmente una eutopía. La eutopía, indica “el buen lugar", no solo significa la bondad del lugar sino, por contraposición con la utopía, su existencia real. Indica, por tanto, la aproximación, el venir a ser, el circumcirca a una utopía. En suma, la aproximación gradual a la realización del ser. La utopía (el no lugar, ninguna parte) libelática, que ha conducido durante el siglo XX a tantas ruinas distópicas, pretende dar paso a un lugar preciso en su elegibilidad, paradójicamente, desde lo facticio y disperso. Quizá por ello, John Perry Barlow escribió la Declaración de independencia del ciberespacio, en la que exhortaba a los gobiernos a no ejercer soberanía sobre este entorno que él definía como "El nuevo hogar de la mente".